
Un pez es un pez: los paisajes diminutos de Leo Lionni
Este álbum, que cuenta la historia de un renacuajo y un pez que viven en el fondo de un estanque, puede ser una excelente puerta de entrada para sumergirse en el imaginario visual y simbólico de la obra del premiado autor neerlandés.
Ha pasado un siglo entero desde que Leo Lionni, pintor y diseñador neerlandés, nacido en Ámsterdam en 1910, dejara atrás su infancia y su tierra natal para mudarse a Italia, donde se convertiría en uno de los ilustradores más importantes de la historia de la literatura infantil.
Aunque ha pasado mucho tiempo desde aquello, sigue siendo difícil encontrar una buena biblioteca infantil que no esté habitada por los animales que protagonizan sus historias: pequeños anfibios, insectos y peces que, a través de sus problemas y descubrimientos, ofrecen a los niños un espejo para entenderse un poco más.
El nacimiento de estos personajes tiene sus raíces en las anécdotas de infancia que Lionni cuenta en un artículo de su autoría titulado Antes de las imágenes:
“Cuando yo era niño era un coleccionista apasionado de pequeños animales, sobre todo de reptiles. Los guardaba dentro de un terrario que tenía paredes de vidrio donde, con una mezcla de orden y azar, arreglaba arena y piedras, musgos y helechos, para simular un hábitat natural.”
Muchos de los actores diminutos que encontramos en la obra del autor se parecen a los habitantes de estos terrarios: la oruga que mide el mundo en Paso a paso (Kalandraka, 2018); el camaleón que busca su identidad en Su propio color (Kalandraka, 2022); la rana y el bebé cocodrilo que se conocen en Una piedra extraordinaria (Ekaré, 2019) o los ratones que atraviesan el invierno en Frederick (Kalandraka, 2005). Todos estos libros construyen escenarios a pequeña escala que, como los terrarios, invitan a sus lectores a “agacharse” para presenciar las historias secretas que ocurren a ras de piso.
Un pez es un pez, un rescate reciente de Kalandraka (2024), puede ser una buena puerta de entrada a ese imaginario visual y simbólico. Este álbum, publicado originalmente en 1970 y que formó parte de la colección Buenas Noches de la editorial Norma, cuenta una fábula protagonizada por un pececillo y un renacuajo, dos amigos inseparables que viven en un estanque.
En el diseño de los personajes todo es simple y encantador: las posturas de los cuerpos, las expresiones alegres, enojadas y curiosas de los ojos, los pigmentos y las texturas de las escamas. Los lectores conocemos a los protagonistas como Lionni miraba a sus criaturas a través del cristal: “recuerdo sus formas, colores y olores, y por supuesto la sorprendente sensación de frío al tacto de los cuerpos resbaladizos”
El estilo de ilustración es tan análogo, que permite a los lectores imaginar el recorrido de la mano del autor al pintar el agua del estanque
A diferencia de otros de sus libros, ilustrados con técnicas como el collage y las acuarelas, en Un pez es un pez Lionni da vida a sus animales con tizas de colores, a través de tramas cruzadas y bordes suaves que se repiten en los detalles del paisaje acuático. El estilo de ilustración es tan análogo, que permite a los lectores imaginar el recorrido de la mano del autor al pintar el agua del estanque: los movimientos más cortos o más largos de las tizas, la presión más suave o más firme de los trazos. El resultado parece todo lo contrario a una imagen creada por inteligencia artificial; son ilustraciones vivas, que pueden inspirar a niños y niñas a seguir experimentando con materiales tan conocidos y sencillos como las tizas y el papel.
La materialidad de la edición de Kalandraka, además de realzar el detalle de la técnica, releva la importancia de las doble páginas del álbum. La división horizontal de la composición siempre comunica algo en las escenas: al lado derecho aparece el pez y al izquierdo el renacuajo, o viceversa, en un juego de simetrías que evoca diferencias y encuentros. El paisaje también está dividido en sentido vertical por una línea que separa dos mundos: abajo, el estanque de colores pasteles que contiene el universo conocido; arriba, el mundo exterior, de un blanco inmaculado que evoca todo aquello que aún falta por conocer.
“Estos pequeños paisajes que compuse fueron las primeras metáforas deliberadas de mi vida como artista —dice Lionni sobre sus terrarios, una idea que podría aplicarse también a los escenarios de sus libros—. Eran seguros, predecibles, sustitutos estables de una realidad en permanente movimiento. Eran un refugio del hostil e incierto mundo que me rodeaba”.
El mundo en que vive el pez y el renacuajo es un espacio de tranquilidad y orden. Tiene pocos elementos —algunas piedras, algas y nenúfares— y unas reglas que parecen muy claras, como que un pez es un pez y que una rana es una rana. Por eso, cuando al renacuajo comienzan a crecerle dos pequeñas patas, el universo entra en un estado de caos.
Las líneas que ordenaban la composición se transgreden: después de discutir, la rana salta del estanque para salir a dar vueltas por el mundo. Al volver, después de mucho tiempo, le cuenta a su amigo cómo son los animales que conoció en su viaje. El pez imagina a los pájaros como peces con plumas, a las vacas como peces con cuernos y a los humanos como peces con piernas.
Estas criaturas fantasiosas, que dan un toque de humor a la lectura, están ilustradas con una paleta de colores más brillante y un entramado de los trazos más compacto. El cambio en la técnica evoca el despertar de la fantasía, que encuentra su clímax en una única página silente, llena de animales rebosantes de color sobre fondo blanco, que representa todo lo que imagina el pez.
Llevado por el deseo de explorar ese mundo maravilloso, el pececillo también sale del estanque, pero descubre demasiado pronto que ahí afuera no puede respirar. Por suerte, la rana llega a tiempo para devolverlo al agua, donde el pez vuelve a sentirse ligero.
“Sonrió a su amiga rana que lo miraba desde una hoja de nenúfar —dice el narrador en la última página, que destaca los colores del estanque brillando bajo el sol, ese escenario seguro, ordenado y lleno de vida como un terrario—. Estaba seguro de que era el lugar más hermoso del mundo”.



