
Perderse y encontrarse en el universo de Beatrice Alemagna
Premiada en distintas partes del mundo, la ilustradora italiana ha publicado más de treinta libros para niños y niñas, traducidos a una decena de idiomas. Hoy planteamos un recorrido por seis de ellos recomendados por Troquel, donde el asombro es un motor del relato y el juego cobra total relevancia.
“Tengo terror a la repetición”, dice en una entrevista la ilustradora y autora italiana Beatrice Alemagna (Bolonia, 1973); y si bien es algo que podemos observar en sus libros, que buscan jugar con colores y nuevas formas análogas de experimentación, siempre tienen un sello indiscutible que identificamos a mucha distancia, sin leer siquiera su nombre en la portada. Su manera de mirar el mundo es tan personal como juguetona, observadora y construida con colores vibrantes que nos recuerdan la vida que habita entre nosotros.
Su trabajo conjuga esa riqueza en la materialidad con el nutrir constantemente la maravilla del asombro, ese que muchos adultos dejamos en la infancia, y que en cada relato nos exhorta a retomar de una u otra forma. Quizás sea la única posibilidad que tenemos en tiempos inciertos: observar lo que aparentemente parece tan simple, tan pequeño, pero que en realidad tiene el mayor peso en nuestras vidas.
Materialidad y juego
Alemagna tiene un sentido de la textura muy visceral. Lo análogo tiene un rol fundamental en su proceso creativo que busca la experimentación y la posibilidad de jugar con las formas, muchas veces deconstruyendo de alguna manera las siluetas, pero especialmente los paisajes urbanos y ciertos personajes.
En una entrevista al medio Página Dos señaló: “No uso la goma de borrar, y le digo a los niños que no la usen. Que dejen el intento a un lado y prueben otra cosa, pero sin eliminar aquello. Hay belleza en la imperfección”. Y justamente ese modo de trabajo es lo que vemos en su obra. Descubrimos el juego, la búsqueda, la preponderancia de que todo contribuya al relato algo que justamente estos seis imprescindibles logran.
Quizás la herencia a cuestas de un padre arquitecto permita entender esa fascinación citadina por los detalles arquitectónicos y el espacio de la urbe como escenario que cobra vida, muchas veces como otro protagonista más. En El maravilloso mini-peli-coso (Combel, 2015) seguimos a Eddie recorrer la florería, carnicería, al anticuario y la pastelería de su barrio buscando el regalo perfecto, mientras en Su Alteza Lodo, princesa de barro (A Buen Paso, 2025), es el fango de las alcantarillas el que cobra vida, como reverso perfecto a la nitidez de colores intensos del primero.
Como contraste, nos encontramos con Un gran día de nada (Combel, 2016) donde la ciudad es notoriamente dejada atrás, rememorada en oposición por ese bosque y esa lluvia persistente. Una forma de cambiar las aceras por árboles y hongos, y los habitantes citadinos por pájaros y caracoles inmensos. La inercia inicial frente al correr y saltar en un nuevo espacio de descubrimiento y detalles. La mirada se amplía en dos páginas, horizontes abiertos, con pequeños tesoros escondidos en la tierra, y un estar más presente, lo que de alguna forma lleva al protagonista de este libro a reconocer a su padre al verse en el espejo.
El uso de tonos fuertes que contrastan con otros oscuros, el neón como recurso que antecedió a muchos relatos que vemos en la actualidad con portadas que destacan con rosas y verdes intensos, muestran un estilo que conjuga ritmo, sentimiento y diseño. Jugar con texturas, con recortes de diario, con siluetas algo deformadas es parte de sus decisiones estéticas y narrativas. Con esto da forma, carácter e individualidad a cada personaje y cada historia. El trabajo manual cobra preponderancia, algo especialmente estimulante en tiempos de la sobreestimación de lo digital, usando fotomontaje, dibujo, collage, tinta, telas e incluso botones como parte de su búsqueda expresiva. A esto se suma la importancia radical que le da a la narración por sobre las reglas habituales de perspectiva. Todo va en función del relato y ese encuentro con quien lee, posibilitando una libertad total en sus creaciones.
Quizás sea la única posibilidad que tenemos en tiempos inciertos: observar lo que aparentemente parece tan simple, tan pequeño, pero que en realidad tiene el mayor peso en nuestras vidas.
La búsqueda del asombro
Los buenos libros para niños y niñas son quizás los más difíciles de hacer y más aún los álbumes que deben conjugar el nombrar y callar de modo tal que nos permita completar esos silencios con las lecturas que hacemos. En ese sentido, Alemagna logra en Un gran día de nada el equilibrio magistral de poder decirnos mucho más de lo emotivo de esa jornada con la resignificación de un espacio, y el regocijo de reconocer en uno un poco de ese otro que ya no está.
En Los cinco desastres (A Buen Paso, 2023), Beatrice habla de la diferencia, de la individualidad, de aquello que nos hace únicos, pero, por sobre todo, manifiesta sin moralejas ni eufemismos, de que somos perfectos y únicos en nuestra imperfección. Esa irreverencia que conjugan sus personajes viene también de una admiración temprana por Pippi Calzaslargas (Pippi Långstrump), creada por Astrid Lindgren, niña irreverente por antonomasia. Un amor al que suma uno de los mayores referentes de la LIJ, Gianni Rodari, argumentando que la niñez no vive separada de una comunidad y que los problemas que a ella le incumben son vividos también por niñas y niños, que entienden mucho más y quizás más a cabalidad el sentir de una sociedad.
A esto se le suma el genuino respeto por la infancia, que deviene en una cierta nostalgia por la propia, algo que le permita no subestimar a niñas y niños, y por sobre todo, a jugar con ellos. Vemos algo de eso en ¡Buen viaje, bebé! (A Buen Paso, 2015) donde recordamos a Max de Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, aventurero, pero preparado para el paseo sea por medio del sueño o la imaginación.
En El Pequeño Gran Bubú (Corimbo, 2017) nos encontramos nuevamente con el asombro de la primera infancia, donde todo es nuevo y un descubrimiento, y donde nuestra propia identidad se va formando. “Soy grande para esto y para lo otro”, alude Bubú, y lo vemos ostentar con confianza de quien estrena una nueva habilidad. Y tal como ¡Buen viaje, bebé! donde vamos acumulando cuento, gorro y otros imprescindibles para el paseo nocturno, Bubú acumula triunfos que comprueban que ya es un niño grande, tal como su madre le recuerda cada noche.
También en ¡Buen viaje, bebé! nos encontramos con otro referente clave para la autora y un clásico de la LIJ: Pequeño azul y pequeño amarillo, de Leo Lionni (Kalandraka, 2012), un cuento creado a pura experimentación análoga en medio de un viaje en tren del autor. Un pequeño homenaje a su compatriota, quien décadas antes, entretuvo a sus nietos con dos simples papelitos de colores con los cuales se permitió crear y soñar.
“Me enredo en mi interior”, dice Yuki, quien se describe arisca y maleducada en Su Alteza Lodo, Princesa de barro. Cada tarde su hermano la va a buscar al colegio y en silencio caminan de regreso mientras se siente ignorada. Enfadada, Yuki tira las llaves de casa a una alcantarilla abierta. Es con ese pensamiento intrusivo e impulsivo que comienza la aventura al bajar a las profundidades de la ciudad para encontrarse con una serie de personajes liderados por la princesa de barro, donde viaja por enojos y tristezas, por zumos de rabias ajenas y conejitos marinos que arrastran carrozas bajo el agua. Lo notable de este libro es que ese enredo interior del que Yuki habla es, por supuesto, el barro al que se sumerge y que se convierte en un elemento simbólico sobre el cual trabaja y recorre sus propias actitudes hasta lograr convertirlas en terreno fértil para brotes nuevos.
“Sin disrupción no hay creación”, señala Alemagna en otra entrevista. Algo que podemos leer y observar en Su Alteza Lodo, libro singular que retoma el tema de la identidad que también leemos en Un gran día de nada y luego en Los cinco desastres. Si bien parece un relato ligero, este último, es una declaración de principios. Los cinco personajes conviven felices en una casa que desafía toda lógica de gravedad y suelen pasarlo muy bien hasta que llega un señor sensacional, impecable y de colores radiantes a decirles que lo están haciendo mal, que necesitan un proyecto, un propósito, una idea, “¿cómo no están haciendo nada?”. Ante la obligación de la productividad y el mantenernos ocupados todo el tiempo, este álbum es una oda al ocio, a la creación sin afán utilitario. Es una manera de abordar tiempos agitados de aceleración y contraponer la necesidad de detenernos para permitirnos pensar, observar y crear.
La respuesta a ese llamado de atención tan de la nada que hace este señor radiante nos recuerda la constante imposición social del deber ser. Algo a lo que alegremente estos cinco desastres, únicos e irrepetibles, se rebelan. Nada más hermoso que la irreverencia infantil de una respuesta contundente y directa. Tan de frente y sin dobleces que enturbien su misiva como un deliberado acto político frente a la productividad constante.
En este momento, la autora italiana subraya con fuerza la importancia de la propia singularidad y del ocio, pero no diremos mucho más, para no hacer más adelantos a las lecturas elegidas por Troquel, porque claramente todo esto es una invitación a leer y a la reivindicación de los momentos de asueto como un tiempo fértil para el cultivo de la imaginación.




