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    De un gris antiguo

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    El niño con flores en la cabeza

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    Pétalos, panteras y piedras: metáforas del yo en el álbum infantil
    Artículo

    Pétalos, panteras y piedras: metáforas del yo en el álbum infantil

    07 julio, 2026 Por Pablo del Valle T.
    publicado en el Boletín 18

    El panorama actual del libro álbum ofrece una variedad de títulos que tematizan la intimidad infantil a través de metáforas. Hablan de animales y objetos que simbolizan los miedos y deseos más profundos de los protagonistas, al tiempo que invitan a los lectores a ahondar en su propio mundo interior a través del lenguaje poético.

    De un gris antiguo

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    Después de atravesar la selva, una niña y un elefante se paran frente al río dispuestos a sumergirse en el agua. Cada uno ve algo distinto en la corriente: el animal encuentra quietud; la niña, una fuerza arrasadora e inquietante. A medida que avanzan, el elefante hace sentir a la protagonista a salvo frente a lo desconocido: su redondez la envuelve en un abrazo, su forma de revolcarse en el barro la hace reír, la serenidad de sus ojos aplaca su sangre cuando empiezan a hundirse en la profundidad.  

    Son las escenas que dan inicio a De un gris antiguo (Limonero, 2023), un álbum poético de la escritora argentina Alejandra Kamiya, que hace su primera incursión en la literatura infantil. El relato mantiene la atmósfera serena característica de la obra de la autora y recurre a ese mismo ritmo pausado que busca la protagonista cuando intenta acompasar su respiración con la del elefante para sumergirse en el agua. El animal, sin embargo, desaparece de pronto y la niña tiene que enfrentarse a la soledad y al vacío. Frente a ella se extiende el cielo, infinito y lleno de posibilidades.

    Las ilustraciones de la argentina Yael Frankel muestran al elefante por partes, como si abordara desde el principio su ausencia: la curva de la trompa, una pata, la textura rugosa de la piel. La propuesta visual esconde más de lo que muestra, tal como el texto de Kamiya, que se entrega en frases abiertas y sensoriales, pobladas de metáforas que revelan poco a poco la intimidad de la protagonista.

    Aunque la riqueza estética y simbólica del libro puede conmover a muchos lectores adultos – el público “original” de Alejandra Kamiya – parece válido preguntarnos por su lugar en la literatura infantil: ¿Puede un libro como este ser disfrutado y entendido por niños y niñas? ¿Puede su lenguaje metafórico conectar con el mundo interior infantil? ¿No serán mejores esos libros que hablan de la intimidad de maneras “más directas”?

    La antropóloga Michéle Petit, que ha investigado el papel de la literatura en la experiencia vital de las infancias, afirma que mientras que la comprensión demasiado racional de los libros suele confrontar a los niños con la soledad, la metáfora los nutre y ayuda a socializar el mundo interior. Al simbolizar temas íntimos en elementos externos como animales u objetos, libros como De un gris antiguo (y muchos otros del panorama editorial) abren espacios seguros para que sus lectores puedan explorar sus vivencias en clave literaria.

    Podemos encontrar un ejemplo un poco más sencillo en El niño con flores en la cabeza (Nubeocho, 2025), del autor inglés Jarvis (1970), un álbum ideal para la primera infancia.

    El protagonista es David, un niño que le cae bien a todo el mundo, tan dulce y delicado como las flores que le crecen en vez de pelo. Un día los pétalos se le empiezan a caer: ya no quiere jugar ni hablar y empieza a llevar gorros para que los demás no vean sus ramitas secas.

    Los lectores (tanto los mediadores como los niños) sabemos que esos pétalos que crecen y caen significan mucho más de lo que parece. Son palabra poética pura, eso que el académico chileno Felipe Munita define como una “forma de simbolización de nuestra experiencia en el mundo”. Las flores pueden evocar significados distintos para cada lector: cambios de ánimo, tristezas no dichas, temas relacionados a la salud mental, a la masculinidad, a la construcción de la personalidad. 

    Al final del relato, el mejor amigo de David recorta flores de papel para volver a llenar de color la cabeza de su compañero. El libro concluye con una ilustración rebosante de ternura que representa a los dos niños fundidos en un abrazo.

    Al simbolizar el mundo interno, las flores y los animales ofrecen nuevas formas de entender la propia intimidad y compartirla con otros

    Una piedra genial, (Muñeca de Trapo, 2025), de las danesas Anne Sofie Allerman y Anna Margrethe Kjaergaard, también recurre a una metáfora para hablar de la expresión del yo infantil. 

    El álbum comienza cuando Andrés encuentra en la playa una piedra que para él parece un pingüino. Su amiga Olivia, en cambio, ve una foca; y para Otto es un tiburón. “El público ve una figura distinta según desde dónde la mire” – reflexiona Andrés, que se asombra mirando cómo la piedra se transforma al moverse en sus manos.

    Poco después, en el muelle, esa identificación con los distintos animales le da la valentía necesaria para saltar y sumergirse en el mar. Al final, cuando sus papás lo llaman a comer por su nombre de nacimiento, el protagonista se atreve a decir por primera vez: “No me gusta que me digan Andrea. Me llamo Andrés”. Para explicarlo mejor les muestra la piedra genial que encontró,  que materializa la complejidad de su identidad.

    En No es una pantera, (Ekaré, 2025), de la artista italiana Cristina Pieropan, la metáfora vuelve a encarnarse en un animal. La historia es narrada por una niña que sueña con tener una pantera, como esa que protege a los niños en su libro favorito. Uno tras otro, sus familiares le regalan distintos animales: un gato, un loro, un perro, ¡pero ninguno es una pantera! Una pantera no temblaría ante los bravucones de la escuela, la acurrucaría entre sus patas, la ayudaría a declararse a la niña que le gusta. La narradora deposita sus deseos más profundos en la figura de esa bestia negra, inmensa y flexible, que se luce en las ilustraciones con sus agudos ojos amarillos.

    La pantera, al igual que el elefante de Alejandra Kamiya, parece representar algunas búsquedas esenciales de la infancia: compañía, seguridad, entendimiento, las mismas necesidades que tienen Andrés, David y los niños lectores que van al encuentro de estas historias. La protagonista de No es una pantera no recibe eso que tanto desea, pero sí encuentra un montón de animales a quienes cuidar. Algo similar le pasa a David, que vuelve a poblar su cabeza con flores de papel, y a la niña de De un gris antiguo, que en su soledad descubre que el elefante sigue presente en el color del cielo que la envuelve. 

    Los niños de estas historias llenan sus vacíos con algo que descubren muy cerca de sí mismos. Encuentran respuestas  en esas metáforas que en palabras de Michelle Petit:  “permiten darle sentido al dolor evitando tocarlo directamente (…) elaborar la pérdida y reestablecer algunos vínculos sociales”Al simbolizar el mundo interno, las flores y los animales ofrecen nuevas formas de entender la propia intimidad y compartirla con otros, como lo hace Andrés, que encuentra en una piedra un lenguaje nuevo para nombrarse a sí mismo.

    Al ser consultada por su relación con los lectores en una entrevista, Alejandra Kamiya comenta: “disfruto ver mis cuentos transformados en cada uno de ellos (…) me conmueve que me dejen llegar tan profundo”. Es eso lo que logran los buenos libros, que, como el enorme elefante en De un gris antiguo, acompañan a los lectores a sumergirse en las aguas más hondas para salir habiendo descubierto algo nuevo.