
Poesía, identidad y juego en la obra de Micaela Chirif
Un delicado tejido de palabras en álbumes que interpelan, despiertan preguntas y nos recuerdan que la infancia es el lugar real y simbólico donde construimos nuestros propios horizontes.
Recorrer la obra de un autor o una autora conlleva siempre intentar agrupar de alguna forma eso que leemos. Pensamos: esta persona cuando escribe habla de poesía, esta otra tiene un delicado sentido del humor, aquella juega con las palabras, mientras la de allá tiende a buscar en el paisaje y en lo local la inspiración. Micaela Chirif reúne todas estas características y bastante más.
Escritora peruana dedicada especialmente a los álbumes, Micaela tiene como parte de su trayectoria la poesía, algo que podemos palpar aún en textos que no llamaríamos líricos. Junto a esto, se cruza su formación académica en filosofía. Ello le brinda un modo de concebir el mundo de manera que, en lo aparentemente común, las preguntas asoman sin pedir permiso, en calma, como el vaporcito que se eleva en una taza de té.
Ambas aristas, poesía y filosofía, se entretejen en sus libros para niñas y niños haciendo de cada uno de ellos un universo que nos retrotrae al asombro de aquellos años infantiles, a ese cuestionarnos por qué “las nubes no conocen las palabras” o “los peces no compran boletos de avión”, como dice en El mar (FCE, 2020), libro ilustrado por Armando Fonseca, Amanda Mijangos y Juan Palomino, una tríada congregada de forma virtuosa en este libro que le valió el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños el 2019.
En Sabor (Océano Travesía, 2023), un libro que combina la divulgación, con el humor y el juego, Micaela Chirif e Ignacio Medina nos hablan de un sentido, de una forma de saborear el mundo mediante el paladar, en un maravilloso relato lleno de colores donde reconocemos sabores, recordamos algunos y esquivamos otros. Las descripciones para darnos a entender a qué sabe algo, a qué huele, qué color lo interpreta mejor, son de las mejores explicaciones posibles para entender aquello que sólo puedes recordar en ese momento: “El sabor amargo es como darte un golpe, como clavarse una espina, como recibir un pisotón. Es como cuando se te cae el diente y la herida te duele pero igual la tocas con tu lengua porque te gusta un poco el dolor”. Las ilustraciones de Andrea Antinori combinan a la perfección con el tono y el ritmo, que salta de lo dulce a lo amargo, del limón a las especias, agregando el contrapunto perfecto con juguetones personajes que recorren páginas celebrando a bocados, soñando con “un helado que cambiara de sabor a cada lamida”.
Juliana Salcedo ilustra Miel (Cataplum, 2025), un libro que conjuga lugares del día a día como un almacén y una cocina, donde casi podemos oler ciertos aromas sugeridos entre piñas, trenzas de ajos y ajíes, con pesas antiguas pintadas de ese celeste deslavado de otras épocas, y las canastas artesanales de coloridos plásticos. El calor que emana de ese escenario da vida a esos mantos de eva por la ventana, a las mariposas conviviendo con gatitos y polluelos rubiecitos correteando, mientras Carmela intenta hacerse entender en un diálogo absurdo y divertido. El humor y los malentendidos combinados con palabras van alterando el propósito de la conversación y la paciencia de su protagonista.
Quizás lo que logra hilvanar Chirif en todo su trabajo es el trato respetuoso a las infancias, una mirada que combina la sorpresa y la emoción infantil con las reflexiones más sentidas, sin que por ello estas se tornen pesadas o difíciles. La autora hace asociaciones inesperadas, se mueve con facilidad expresiva entre palabras escogidas con precisión para poder decirnos lo que parece difícil en una frase breve, en apariencia sencilla, pero meticulosamente construida.
Quizás lo que logra hilvanar Chirif en todo su trabajo es el trato respetuoso a las infancias, una mirada que combina la sorpresa y la emoción infantil con las reflexiones más sentidas, sin que por ello estas se tornen pesadas o difíciles.
Hay tanta poesía en su forma de expresarse que algunas líneas que leemos en la diversidad de libros seleccionados por Troquel nos confirman la seriedad con que toma ese diálogo con la infancia, y la cuidada y sensible habilidad de sostener en un solo relato múltiples capas de lectura, como bien podemos disfrutar en frases que parecen versos como: “Las ovejas cuentan flores para dormir: un girasol, dos rosas tres geranios, cuatro jazmines y así”, breve extracto de Las ovejas (Limonero, 2020). O el contundente comienzo de Una canción que no conozco (FCE, 2020), nuevamente con ilustraciones de Juan Palomino: “A veces me llama por teléfono un amigo muerto desde hace años”. Rotundo y doloroso.
No hay condescendencia en su forma de hablarle a quien lee. Sabe bien que el respeto parte por no dar todo por sentado con narraciones cómodas. La mejor literatura para niñas y niños es aquella que desafía, que posibilita la reflexión, el juego y el diálogo, algo que Micaela ha ido demostrando desde sus inicios.
Por eso funcionan tan bien libros que combinan la identidad de sus protagonistas, con el colectivo y el rescate ancestral, como sucede en Los hijos del Sol (Kalandraka, 2023), con el trazo inconfundible de Juan Palomino, o Hermana y hermano. La leyenda de la Achiqué (Mis Raíces, 2024), ilustrado por Jéssica Valdez. La primera retoma la leyenda del dios Sol y sus hijos nacidos de la espuma del lago Titicaca, Manco Cápac y Mama Ocllo, historia que recrea el origen de la ciudad de Cusco en Perú, en un rescate delicado y personal de la tradición oral; mientras en el segundo, viene de la oralidad andina de Áncash, Perú. Este último cuenta la huida de dos huérfanos perseguidos por una bruja, hasta que, con la ayuda de varios animales logran escapar tras lanzarle una piedra a Achiqué, que se convierte en la cordillera de los Andes.
Pero también hay otro tipo de saberes en los que ha incursionado la autora, con ese mismo afán de cariño y respeto por quien sabe que está hablando de temas mayúsculos. Es el caso de Vida y costumbres de los animales de la Amazonía (Planeta, 2025), ilustrado por Loreto Salinas y la investigación de Silvia Lazzarino. En este despliegue de sotobosque, de mantis, líquenes, ranas dardo, escarabajos, manatíes, caimanes y mariposas flama toda la información es entregada con minuciosos detalles. Los textos no escatiman en datos, aún conservando el ritmo de lo lírico en sus frases como cuando describe a una lagartija artrópoda que “sobre un fondo blanco, un montón de manchas negras se despliega como las letras de un alfabeto desconocido: el mensaje está cifrado, nadie sabe qué dice ni a quién está dirigido”.
No hay pedagogías o moralejas en sus libros. Y es un alivio esta brisa fresca entre tanto intento por instrumentalizar las lecturas. Lo que encontramos en sus libros es la posibilidad de transformar vivencias, emociones en juegos, en espacios de creación y de reflexión lúdica. Y para nosotros, los adultos, es la oportunidad de revivir ese instante en que nos adentramos en nuestras propias madrigueras de aventuras, de búsquedas de tesoros, como la pequeña Amalia de Niebla (Amanuta, 2018), que recorre el fondo del mar sintiendo el suave olor a sal y escuchando el oleaje arrastrando piedras. Una invitación a las fantasías viajeras de la infancia donde todo está permitido y la misma Micaela, de alguna forma misteriosa, se encuentra con un pulpo y un buzo, recordando escenas de otros relatos, otras historias de sueños hechos libros.




