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    Libros clásicos y emociones difíciles: la infancia también es un lugar oscuro
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    Libros clásicos y emociones difíciles: la infancia también es un lugar oscuro

    06 octubre, 2026 Por Carolina Ojeda M.
    publicado en el Boletín 19

    En una época en que los libros para niños y niñas están sobrecargados de emociones y de guías para sentir, los relatos clásicos nos recuerdan que la literatura no está para decirnos cómo debemos sentirnos, sino para descubrir las propias herramientas que nos permitirán enfrentar las complejidades del mundo.

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    Los libros clásicos son aquellos que, aún después de décadas o siglos, se vuelven a leer y siguen teniendo algo que decir. Son libros atemporales, por su historia, por sus ilustraciones, por los lectores. Siempre podemos volver a ellos. Y siempre seguirán resonando. Porque hablan de aquello que es intrínsecamente humano, aquello que, aunque pasen siglos, no cambia. 

    Por eso, reescribir o adaptar libros clásicos es todo un desafío. Atreverse a darle una nueva mirada a una historia que ha sido leída por miles de personas y que, además, resulte bien, es todo un logro. Eso hicieron Mathieu Sapin en Ningún beso para mamá (Libros del Zorro Rojo, 2024) y Stephen King, con ilustraciones de Maurice Sendak, en Hansel y Gretel (Alfaguara, 2025). 

    Vale decir que el clásico de los hermanos Grimm está en manos de dos enormes autores que transfieren su concepto del miedo y de los terrores infantiles a un libro que ha pasado por cientos de lecturas. Pero no debemos olvidar que la historia de los Grimm ya contiene el terror. Así lo señala King en el prólogo del libro: no hizo el cuento más aterrador, sino que respetó el miedo que ya habitaba en los Grimm. 

    Casi todo lo que vino después de la publicación de los hermanos alemanes trató de suavizar o edulcorar la historia por la creencia persistente de que los niños y niñas no debieran enfrentarse a situaciones terribles. Sin embargo, desde Bruno Bettelheim, en 1976, sabemos que son precisamente esas cosas terribles las que pueblan los miedos infantiles. Y narraciones como Hansel y Gretel, y otros cuentos de hadas, los ayudan a enfrentar esos miedos. 

    En esta misma línea, el concepto de infancia que manejan ambos autores refieren precisamente a la idea de que los niños y niñas conocen el miedo, la rabia, la pérdida, mucho antes que sus adultos cercanos lo quieran reconocer. Sendak ya exploró estos sentimientos en Donde viven los monstruos (1963) y es la construcción del personaje de Max la que provoca esa fascinación en los lectores infantiles: comprende que por muy niños que sean, pueden sentir rabia y pueden, con los medios que tengan, manejarla.

    La esencia de los clásicos se mantiene en estas dos versiones, actualizando los recursos mediante los cuales se cuentan las historias, pero consolidando la visión que los autores originales tenían de la infancia.

    La versión de Hansel y Gretel (Alfaguara, 2025) reescrita por Stephen King, utiliza los diseños de escenografía y vestuario creados por Sendak, en 1997, para la ópera homónima de Engelbert Humperdinck. Esos diseños apuestan por un enfoque en la oscuridad del cuento original, resaltando el hambre, la crueldad, el sufrimiento y terror de muchos niños y una casa de dulces terrorífica. 

    Otro autor considerado como clásico de la literatura infantil, Tomi Ungerer, coincide con la visión de Sendak sobre la infancia. Ambos son contemporáneos y vinieron a revolucionar la forma en que las historias se presentaban a los lectores: sin condescendencia, sin edulcorar; mostrando un respeto profundo y genuino por la inteligencia emocional de niños y niñas. 

    Ungerer señala permanentemente, tanto a través de sus libros como en diversas entrevistas, que los libros y las historias no son para proteger a los niños de lo que pasa en ellos o en el mundo. Los libros deberían ayudarles a saber que sus sentimientos son válidos y deberían mostrarles diversas maneras de enfrentarlos, porque los niños necesitan historias que les permitan comprender la complejidad del mundo simbólicamente, no que se la oculten o suavicen.

    La adaptación al cómic que hace Mathieu Sapin del libro de Ungerer Ningún beso para mamá, originalmente publicado en 1973, mantiene esa mirada del autor francés, dando espacio a los sentimientos de rabia y vergüenza de Óscar, un gato que no soporta que su mamá le dé besos todo el tiempo.

    El libro retrata el paso de la infancia a la preadolescencia del felino protagonista, un periodo en que, sobre todo los niños, huyen de las muestra de afecto maternas pues comienzan a probar diversas estructuras identitarias, a descubrir que tienen gustos y personalidad propia y no quieren verse a través de los ojos de una mamá para quien siempre será su “guagua”. 

    La historia en cómic muestra de forma notable las diversas transiciones anímicas de Óscar en un solo día. El no saber muy bien cómo manejar lo que le pasa, sus reacciones y las formas, a veces poco adecuadas, de enfrentarse al hostigamiento materno. A través de las secuencias que narran un día en la vida de este gato, conocemos cómo ha ido construyendo una identidad rebelde, que no se porta bien en el colegio, que es un líder dentro de su curso y que, por supuesto, esto no conversa con una madre que lo tape a besos. Es interesante, además, observar cómo las palabras del padre hacen efecto en Óscar, al darse cuenta de que él hacía las mismas cosas cuando era niño. 

    El clímax de la historia —cuando el taxista le grita que no puede hablarle así a su madre y esta reacciona dándole un par de cachetadas en plena calle— es el punto en que Óscar entiende de golpe que no puede seguir siendo así con su mamá. Y ella también comprende, muy en el fondo, que su hijo creció. Ambos saben que algo tiene que cambiar y, la escena final, con el acuerdo de “no más besos” pero sí abrazados, termina funcionando bien para los dos.

    La esencia de los clásicos se mantiene en estas dos versiones, actualizando los recursos mediante los cuales se cuentan las historias, pero consolidando la visión que los autores originales tenían de la infancia: los niños y niñas pueden afrontar situaciones difíciles, tienen la capacidad de hacerlo y son precisamente historias como estas las que facilitan el reconocimiento, la exploración y el enfrentamiento de las emociones.

    La literatura no está para entregar una solución ni decirle a quien lee cómo debería sentirse. Puede mostrar personajes que actúan, se equivocan, resisten, buscan ayuda, ponen límites o encuentran recursos para seguir adelante. De este modo, el libro no protege al niño o niña de las emociones difíciles, sino que confía en su capacidad para interpretarlas y construir sus propias respuestas.