
Jeppe en camino: el último viaje de Jutta Bauer
El álbum de la reconocida autora alemana despliega en sus ilustraciones dos viajes en paralelo: el de un generoso mensajero y el de un rey que nunca se mueve de su castillo. Entre amores y desvíos, ambos personajes recorren, a su manera, el mismo camino de vuelta a casa.
Un círculo amarillo sobre un fondo rojo y brillante alberga a un pequeño mamífero en su centro. El animal camina apurado hacia alguna parte, con un mensaje importante en sus manos. Es la portada y la puerta de entrada a un álbum infantil sobre viajes: Jeppe en camino (FCE, 2026), obra póstuma de la ilustradora alemana Jutta Bauer, ganadora del Premio Hans Christian Andersen 2010 y autora de clásicos como Selma (1995) o El ángel del abuelo (2001).
“Para mí siempre ha sido muy importante que mis figuras se muevan”, responde Bauer en una entrevista a Fundación la Fuente, cuando se le pregunta dónde pone el énfasis al construir sus personajes. A sus setenta años, poco antes de morir en septiembre de 2025, Bauer siguió probando fórmulas para dar movimiento a sus protagonistas, tanto a nivel físico como interior.
Como en tantas novelas juveniles de fantasía, Jeppe en camino se abre con un mapa que anticipa el camino del héroe: un castillo, un río, un bosque, una montaña muy alta. Estos hitos —o cronotopos, como diría Bajtín— se repiten en ambas guardas.
Apenas damos vuelta la portadilla, un rey con cuerpo de cerdo solicita la presencia de Jeppe y le pide llevar una noticia urgente al monarca del castillo más cercano. El protagonista es un animal muy rápido y nosotros, como lectores, quedamos invitados a seguir el ritmo de su aventura.
Muy pronto el viaje se ralentiza. Jeppe se detiene a curar a una ardilla herida, a buscar el juguete perdido de un niño, a ayudar a una mamá a cuidar a sus hijos. Por distintas razones, se va alejando del camino y de los plazos. Tal como en tantos relatos de aventuras —la Odisea de Ulises, sin ir más lejos—, un montón de hechos inesperados demoran al protagonista, lo hacen dar vueltas, lo pierden.
Mientras tanto, en su espera, el rey se dedica a los lujos y al amor propio. Lo sabemos por las ilustraciones que se despliegan en el borde inferior de todas las páginas: una línea del tiempo recta, en blanco y negro, que sugiere una rutina sin contratiempos. El rey hace ejercicio, se da baños de tina, fuma de su pipa, juega con su gato. La vida ideal de un adulto en el siglo XXI.
El libro cuenta dos viajes como si fueran un espejo. Mensajero y rey se mueven de formas diferentes, en un interesante ejercicio de desarrollo de personajes.
El camino de Jeppe, en cambio, rebosa color y desorden. En su aventura al aire libre, sin marcos ni estructuras, el mensajero atraviesa paisajes y obstáculos hasta llegar al momento que todo héroe está destinado a enfrentar: “llegué a la parte oscura y profunda del bosque —dice Jeppe, entre los árboles— lo bueno es que no soy miedoso”. Es el cruce del umbral, la entrada al mundo extraordinario donde se descubren los secretos y los miedos.
En paralelo, el rey también enfrenta sus propias sombras: conoce a una mujer y, aunque al principio parece una buena noticia, el encuentro gatilla su propia crisis. En poco tiempo se enamora, tiene un hijo, discute con su pareja y sufre una ruptura.
“Debía continuar el viaje yo solo”, relata Jeppe en la mitad superior de la página. La frase parece calzar a la perfección con lo que sucede en la parte inferior, haciendo visibles los paralelismos: el rey también continúa su vida en soledad luego de que la mujer y el niño abandonan el castillo. Entonces, empieza a beber y se deprime: emprende su propio descenso.
Tras dejar el bosque, Jeppe divisa el castillo a lo lejos. Es el horizonte de su búsqueda —la Ítaca de Ulises—, igual que la vida junto a su reina lo fue en algún momento para el rey.
“El camino que tomé era terriblemente más largo y la noche terriblemente más oscura y fría —dice nuestro protagonista—, atravesé fríos montes, valles profundos, peligrosos ríos y, cuando llegué a lo más alto de la montaña, me quedé sin fuerzas”. Es entonces cuando Alma, una amable marmota, recoge al héroe cansado y Jeppe empieza a recibir ayuda luego de una vida entera socorriendo a otros. El descubrimiento es tal que el personaje abandona sus prisas y decide quedarse un buen tiempo con su nueva amiga, a quien empieza a mirar con ojos de amor.
Mientras Jeppe recupera fuerzas, el rey retoma su rutina: lee el diario, pasea a sus perros, duerme la siesta. Ambos personajes se acercan a sus mejores versiones. Es el ascenso luego de tocar fondo, el inicio del regreso al hogar.
El libro cuenta dos viajes que se reflejan en todas las páginas, como si fueran un espejo: uno físico y clásico, el otro interior, más adulto y realista. Mensajero y rey se ponen en movimiento de formas diferentes, en un interesante ejercicio de desarrollo de personajes.
Jeppe en camino propone una lectura desafiante y novedosa, que invita a interpretar las imágenes, a relacionar ambas historias y a construir distintas versiones sobre lo que le sucede a los protagonistas. El viaje es lineal, pero doble. O triple, si consideramos ese que sucede más allá de las páginas: el último viaje de Jutta Bauer, a quien recordaremos como una de las más importantes autoras de la literatura infantil europea.



