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    Sobre cómo narrar la naturaleza
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    Sobre cómo narrar la naturaleza

    22 abril, 2025 Por Pablo del Valle T.
    publicado en el Boletín 16

    Este año leímos libros informativos que ponen en valor las historias cotidianas y maravillosas que abundan en la naturaleza. Títulos que exploran distintas maneras de contar la vida de los pájaros, los hongos y los árboles, invitando a mirar con nuevas perspectivas el mundo natural.

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    Quienes hemos pasado alguna tarde viendo documentales sobre naturaleza sabemos la importancia que puede tener un buen relato para cautivar nuestra atención. El ritmo, el guion y la voz del narrador son esenciales para hacernos sentir la tensión de una persecución, la ternura de un nacimiento o la necesidad de admirar en silencio la belleza de un paisaje. 

    El reconocido naturalista británico David Attenborough, quien al dar voz a grandes documentales, ha acercado el mundo natural a millones de personas, fue consultado en una entrevista por la importancia de contar historias para divulgar la ciencia: “Si lo centramos en contestar preguntas, creo que es totalmente necesario —respondió el presentador, que está próximo a cumplir los cien años— siempre hay preguntas en un relato y también hay preguntas en la ciencia. Así que la buena ciencia y los buenos programas tienen una estructura narrativa formada por preguntas y respuestas”.

     

    La narrativa en los libros informativos

     

    Los últimos años se han multiplicado los libros de divulgación científica para niños y niñas que, como los documentales de Attenborough, encuentran narrativas propias para cautivar a sus lectores. Son títulos que a través de sus textos e ilustraciones responden preguntas, comunican belleza y amplían las maneras de entender la naturaleza.

    ¿Qué se siente al ser un ave? (Blume, 2024), escrito por el ornitólogo Tim Birkhead e ilustrado por Catherine Rayner, explora la experiencia de ser pájaro. Las páginas relatan escenas cotidianas como el baile de los saltarines cabecirrojos o la caza del cárabo lapón, que escucha atento los movimientos de su presa bajo la nieve. Estos relatos breves abarcan más tiempo del que parece a simple vista: dado que la vida de los animales se construye en base a la repetición de hábitos, al leer una escena podemos conocer gran parte de la vida de una especie.

    Algo similar sucede con los ciclos, esas historias que duran semanas o meses, como la larga espera del pingüino emperador, que empolla los huevos sin alimentarse durante los noventa días que dura la ausencia de la hembra. El libro construye la tensión narrativa sin perder nunca el foco de la comunicación científica, logrando que podamos empatizar con las aves sin necesidad de atribuirles características humanas.

    Son títulos que a través de sus textos e ilustraciones responden preguntas, comunican belleza y amplían las maneras de entender la naturaleza.

    En Reino Fungi: mundo entrelazado (Amanuta, 2024) cobra especial protagonismo la narrativa visual. Los textos de Octavia Mosciatti y las ilustraciones de Loreto Salinas se complementan para representar la clasificación, el crecimiento y la propagación de cientos de hongos en páginas que brillan por el equilibrio de su composición gráfica y la fluorescencia de sus paletas de colores. 

    Como si una cámara pusiera el zoom en modo macro, las imágenes llevan al lector a apreciar de cerca la asombrosa variedad de setas que crecen en todos los rincones. Las ilustraciones destacan sus particularidades a partir de un cuidado estudio de las formas, los tamaños y las texturas, dotando a cada especie de una belleza única que podría asemejarse a la personalidad compleja de un buen personaje. El texto también otorga a los hongos cualidades que los convierten en protagonistas de una historia: son maestros de la supervivencia, superhéroes del planeta, aliados imprescindibles del ser humano. 

    Aunque tiene una estructura expositiva, como la mayoría de los libros informativos, Reino Fungi está atravesado por pequeños relatos que se relacionan entre sí formar una narrativa común, como los micelios que se extienden y se conectan bajo la tierra.

    Algunos son más evidentes, como los mitos que las antiguas civilizaciones contaban sobre los hongos; otros más, silenciosos, como las minúsculas visitas de las hormigas, el viaje de las esporas a través del viento o la lenta expansión de la Armillaria ostoyae, que, extendida por debajo del estado de Oregon (EE. UU.), ha llegado a ser el organismo más grande del planeta, cubriendo un área equivalente a catorce canchas de fútbol.

    En Arboretum (Océano Travesía, 2024), curado por Katie Scott y Tony Kirkham, se presentan los únicos seres vivos que podrían acercarse en tamaño al llamado hongo de la miel: árboles antiguos como Hyperion, una secuoya roja bautizada con ese nombre, que, con sus 115 metros, se alza como el ser vivo más alto del mundo.

    En este libro todo es a gran escala: la materialidad, las ilustraciones y el recorrido que propone su narrador, que se presenta a sí mismo como un guía de museo e invita a los lectores a embarcarse en un viaje por los distintos biomas del planeta, pasando por bosques boreales, selvas y sabanas. 

    Para amenizar la complejidad que supone el uso de un lenguaje disciplinar riguroso, el libro incluye un montón de anécdotas sobre la relación entre los árboles y los humanos, como la del baobab, cuyo tronco ha servido de refugio a grupos de hasta treinta y cinco adultos. Los textos nos recuerdan también que los árboles tienen historias propias más lentas y largas que las nuestras, como la del Ginkgo biloba, una de las pocas especies sobrevivientes a la época de los dinosaurios. 

    En continua evolución (Kalandraka, 2023), de los argentinos Santiago Ginnobili y Guido Ferro, se aventura a narrar el relato que compartimos las personas con todos los seres vivos. “Te voy a contar una historia”, comienza diciendo el libro, declarando abiertamente su intención narrativa. “La historia más maravillosa. La de toda la vida. La tuya, la mía, la nuestra”.

    Ginnobili, cuyo campo de estudio es la filosofía de la ciencia, dice haber hecho el libro en un intento por explicar a su hija la teoría de la evolución. Quizás es por eso que el narrador parece preocuparse tan genuinamente por sus lectores: es cercano y amable, plantea buenas preguntas y confía en el criterio de los niños y niñas para responderlas. También, cada tanto, hace una pausa para invitarlos a mirar a su alrededor, como si quisiera convencerlos una y otra vez de que ellos también son parte de la narración.  

    En un homenaje abierto a Charles Darwin, Ginnobili explora el concepto de la «gran familia» que conforman todos los seres vivos. Nos recuerda que compartimos un relato común con los pájaros, los hongos y los árboles, quienes tienen, a su vez, sus propias historias en forma de ciclos, propagaciones, nacimientos y migraciones.

    En el acto de narrar estas historias —esa necesidad tan propia del ser humano— los libros hacen que la naturaleza se vuelva más cercana, un enorme primer paso para relacionarnos de otro modo con la abundante vida que nos rodea.